Siete años de la Primavera Árabe

Túnez conmemoró el séptimo aniversario de la inmolación de Mohamed Bouazizi, un verdulero que se convirtió en el mártir, la figura emblemática que desató con su gesto de desesperación las multitudinarias protestas en el Mundo Árabe.

Mayores derechos, libertad de expresión e inclusive algunos llamados a la democracia fueron los pedidos de las marchas lideradas en su gran mayoría por jóvenes convocados a través de las redes sociales.

Ninguno de ellos imaginó (ni el mundo espectador tampoco) el nivel de violencia y represión que provocaría las muertes de cientos de miles de personas y el desplazamiento interno y el éxodo de millones, ocasionado una crisis migratoria de refugiados sin precedentes.

Entre las múltiples lecciones que nos dejó la Primavera Árabe como movimiento sigue una interrogante muy grande aún sin resolver; ¿es la democracia compatible con países árabes o de mayoría musulmán? ¿O es un modelo político sólo aplicable al mundo occidental?

En esa misma línea, la revolución dio a conocer cuán débil es la propaganda de los países más desarrollados que buscan nuevas esferas de influencia al evangelizar sus valores universales de paz, democracia, libertad de expresión y liberación de pueblos. También denotó cuán fallida y selectiva es la intervención humanitaria y el mecanismo de responsabilidad de proteger.

Mientras dialogaba con un colega sobre este tema, su visión liberal era muy optimista sobre la región. “Al menos la comunidad internacional los apoyó”, “Los pueblos se levantaron y recibieron apoyo de otras naciones, eso es un logro en sí”…

No pude evitar mirar con escepticismo cada uno de sus planteamientos porque a mi entender, si algo quedó claro y visible es que las naciones que se unieron a la Primavera Árabe, con la salvedad de Túnez (y hay quien lo disputa), terminaron peor que antes. Terminaron peor que antes porque el Medio Oriente es un escenario geopolítico muy estructurado con una historia cultural y política (de dictaduras por décadas) que no puede cambiarse tan fácilmente sin otra estructura paralela de reemplazo. Ante la ausencia de ese tipo de liderazgo o movilización constante, los países están vulnerables a vacíos de poder para beneficio y explotación de potencias, grupos rebeldes o cédulas terroristas, etc.

Sí, podemos argumentar que toda revolución social conlleva sacrificios y probablemente cause sangre, muerte y destrucción para lograr un ideal pero ¿a qué fin?

Hoy quiero compartirles varias lecturas recomendadas sobre este fenómeno para que confirmen posturas o moldeen sus opiniones al respecto.

Como siempre, será un gusto poder dialogar con ustedes y compartir impresiones.

El movimiento

Los territorios

Los líderes

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